Saber esperar

A veces queremos que las cosas sucedan a nuestro ritmo.
Nos desesperamos y nos frustramos cuando eso no es así.
Mucho de lo que pasa, no depende de nosotr@s y es aquí donde nuestra
paciencia debe de imperar.
Si no la dominamos, estamos dejando de vivir el presente y enfocando
nuestra mente en el futuro.

Estamos acostumbrad@s a vivir de prisa, en estrés. De esta forma perdemos
el control, pues se lo entregamos a todo lo demás.
La paciencia es una práctica liberadora que nos ayuda a esperar, observar y
decidir cómo actuar mejor.
No es una forma de espera, sino un trabajo duro que se lleva a cabo dentro
de uno mism@ mientras se espera.
No se trata de ignorar los problemas, sino tomarse el tiempo, en la medida
de lo posible, para afrontarlos con mayor claridad y evitar acciones
precipitadas.

Alentar a una persona agitada a que tenga paciencia puede ser muy
contraproducente, pues sólo se elevaría aún más su frustración, molestia,
malestar e impaciencia.
Tener paciencia, de hecho, no significa contenerse , porque
sólo crea tensión, inhibe y eleva aún más la agresión existente.
La paciencia se puede comparar con una forma de compasión.
Una reconexión con el poder intuitivo de uno. Nos ayuda a evitar caer en
las trampas que crea la frustración.

Cuando uno es presa de la impaciencia, termina cometiendo acciones de las
que nos podemos arrepentir más adelante.
La paciencia también está ligada a la confianza , la fe, la esperanza , la
motivación, la persistencia.
No es una acción, sino un estado mental.